Construyendo relaciones de equidad entre hombres y mujeres

Fuente Internet

Por: Universidad Pontificia Bolivariana-Bucaramanga, Instituto de Familia y Vida,

Facultad de Psicología

Departamento de Santander

Se puede entender la familia desde muy diferentes significados que llevan a tener una idea de lo compleja y amplia que esta es. Como institución social, la familia es un sistema de normas que tienen el carácter de reglas de comportamiento para sus miembros, es allí donde se determinan actividades específicas y el modo cómo las personas deben comportarse en su interior. El cumplimiento o no de dichas actividades tiene un efecto directo sobre las demás instituciones que forman nuestra sociedad, por ejemplo la escuela. Se considera que la familia constituye un espacio social y simbólico en el cual están consignadas las vivencias de cada uno de los individuos que la componen y a ésta se le pueden atribuir distintas funciones como la sexual, económica, educativa, reproductiva. Así mismo, la familia está constituida por una red de relaciones, responde a las necesidades biológicas y psicológicas inherentes a la  supervivencia humana y tiene características propias en cuanto no hay ninguna otra instancia social que hasta ahora haya podido reemplazarla como fuente de satisfacción de las necesidades psicoafectivas tempranas de todo ser humano[1].

De esta manera es en la familia donde se reproducen y hacen vigentes los constructos sociales y culturales que regulan y organizan el intercambio entre los sexos, se establece, según esos mandatos culturales, como quién deben hacer qué, cómo lo debe hacer y cuándo lo debe hacer para dar respuesta a su función de perpetuar formas de organización y funcionamiento social. En el modelo familiar santandereano, estudiado  por Virginia Gutiérrez de Pineda (1996) en la época de los años 60, se identifica  una fuerte estructura patriarcal, con manifestaciones tradicionales en la personalidad social básica de hombre y mujer, donde se describe al hombre con características como ademanes fuertes, palabra concisa y directa, trato rudo, de pocas palabras pues no es un elemento de diálogo, poco religioso, no escatima el peligro, no evade reto alguno y a la par, inhibe sus sentimientos personales y la expresión de los mismos, aún frente al dolor físico; y la mujer, se describe en una posición suplementaria, reconociendo al hombre como la cabeza  autoridad y en una posición secundaria ante él, es la principal encargada de la crianza y socialización de la familia, con la administración del hogar, preparación de alimentos, la participación en la educación de los hijos, entre otros roles y funciones culturales.  De esta forma los procesos de socialización en la cultura santandereana están marcados por el poder del hombre como mecanismo de control, por la dificultad en el manejo y expresión de emociones, por la  rigidez en la distribución de roles y funciones de cada uno de los miembros de la familia, hecho que ha favorecido   la  presencia de mitos, creencias, que se consideran la base de diversas actitudes  sexistas en nuestra cultura..

Los efectos de esta realidad se demuestran en lo cotidiano, al evidenciar de manera clara una percepción negativa y subvaloración de la mujer, acompañada por una  percepción negativa y sobrevaloración del  hombre; presencia de pautas de crianza y de socialización que legitiman y perpetúan la cultura patriarcal; la asimetría de los géneros; aspectos que en su conjunto se constituyen en factores de riesgo para la presentación de violencia intrafamiliar en todas sus manifestaciones (violencia de pareja, abuso sexual, maltrato infantil, etc.) con las consecuencias que ello acarrea en lo relacionado con el aumento de enfermedad física y mental, de ausentismo laboral, de homicidios, de feminicidios y las secuelas sociales y económicas que todo ello implica. De cierta manera el desarrollo de la familia a lo largo de los años, y de lo que se ha promovido a nivel social y cultural dentro de ellas,  las mujeres se han considerado un pilar fundamental para su desarrollo. Esta característica aún persiste al interior de las distintas y diversas comunidades. Al ser consideradas las mujeres como un elemento primordial han sido sobrecargadas en el plano material como en el afectivo. De esta forma, la mujer es la encargada y responsable absoluta de los hijos y en consecuencia existe un distanciamiento de los compromisos adquiridos por el padre.

Éste atributo también envuelve a la mujer en el paradigma de lo materno, visualizándola  como una persona con un gran sentido social y de entrega para poder cuidar a los demás, ampliando el cuidado casi a un nivel comunal. La mujer bajo ésta perspectiva asume los roles tradicionales de esposa y madre, perteneciendo a la esfera de lo doméstico, sin inferencias en lo público, siendo consideradas por su virtud social un modelo para que las demás mujeres las puedan imitar, por ejemplo, frente a su labor de cuidado de sus hijos/hijas. Uno de los primeros agentes socializadores para los sujetos, son los padres, y en esa medida la familia, ya que son los encargados de trasmitirle a sus descendientes las reglas, los roles, las tradiciones, comportamientos y actitudes que se deben cumplir dentro del entorno. Los descendientes, por su parte, no sólo identifican y absorben los papeles y el mundo de los padres sino que a la misma vez lo asumen dentro de sí. Es así como la socialización primaria se convierte en una de las primeras herramientas a través de las cuales los individuos interiorizan la cultura haciendo un proceso de mimetización (asumir como propias todas las características y condiciones del entorno).

Las representaciones creadas socialmente, no sólo son comunicadas por los padres sino que también ayudan al infante a aprender sobre el mundo y a entenderse a sí mismos y a los demás. “La niña/o aprende que la vida es tal como se la explican sus padres, qué lugar ocupa en el espacio social y cuáles son los papeles que le toca cumplir a ésta, es decir quién es ella /él. Aunque, la familia tiene la responsabilidad social de introducir al ser humano en la sociedad, no se puede dejar de lado el papel de la Escuela, institución que traduce los roles a seguir desde el momento que los niños, niñas, dan inicio a su proceso escolar. En las mujeres, por ejemplo la socialización femenina estaba basada en patrones bastante estrictos, establecidos y diferenciados, tanto así que dentro de las actividades escolares las niñas estaban educadas para ser unas “mujercitas”, asumiendo un buen comportamiento, siendo sumisas, dependientes y asexuadas.

En la segunda mitad del siglo pasado estos cánones comenzaron a ser trasformados poco a poco, cuando la mujer incursionó en la esfera laboral, dejando atrás su participación sólo en la parte doméstica y privada. Por otro lado, la mujer comenzó a dominar su sexualidad, sin dejar de cumplir con sus metas laborales, profesionales y económicas. Aunque la salida de la mujer al mercado la favoreció enormemente, reforzó conflictos en el hogar puesto que no ordenó los compromisos que cada género debería tener al interior del hogar. A pesar de ello, actualmente, la relación de pareja busca encontrar un equilibrio entre los dos cónyuges trastocando los roles que les han sido atribuidos a los dos géneros históricamente[2]. Una consideración que surge a partir de la salida de la mujer del ámbito doméstico al público o laboral es la aparición de nuevas categorías de organización del trabajo, esto es, aparecen el trabajo reproductivo y el trabajo productivo.

El trabajo reproductivo, hace referencia al trabajo destinado a satisfacer las necesidades de la familia. A pesar de constituir una dimensión necesaria para la reproducción de la sociedad, su desarrollo ha quedado históricamente circunscrito al marco privado, primordialmente a la esfera doméstica, razón por la que también se define como «trabajo doméstico» o «familiar», ejercido específicamente por la mujer. El escenario fundamental para su desarrollo es el hogar, pero su espacio físico y simbólico no se reduce exclusivamente a este ámbito, e incluye actividades de gestión, relación, mantenimiento, cuidado, etcétera. El trabajo productivo a su vez, está relacionado con el trabajo que genera ingresos monetarios y que puede ser contabilizado en censos o en estadísticas nacionales y es el desarrollado históricamente por los hombres.

Tanto la definición como la valoración del trabajo reproductivo se realizan de forma interdependiente y subordinada al trabajo productivo (producción de bienes y servicios), el único que social y económicamente ha recibido el reconocimiento de trabajo. El eclipse del trabajo reproductivo frente al productivo parte de la diferenciación entre el valor de uso y el valor de cambio suscrito por la teoría económica, según la cual al trabajo destinado a cubrir las necesidades se le concede valor de uso, mientras que a los productos destinados al intercambio en el mercado se les reconoce un valor de cambio. La perspectiva mercantil, que concede valor únicamente a las mercancías susceptibles de aportar valor de cambio, despoja de relevancia social al trabajo reproductivo, relegándolo a lo doméstico, no cuantificable como beneficio económico. La óptica del capital ha asimilado trabajo con empleo y ha impuesto una visión sesgada y reducida de la actividad económica. Así, el trabajo equivale a lo funcional, lo instrumental, lo productivo, lo que vale, y constituye un poderoso medio de normalización social y el principal referente para construir nuestra cotidianidad[3].

Esta conceptualización del trabajo pone en clara desventaja a la mujer, pues a pesar de haber conquistado el espacio público, el laboral y recibir pago monetario por el mismo, no ha encontrado la corresponsabilidad en el ámbito privado que le represente apoyo en el cumplimiento de los roles de cuidado, protección, afecto y crianza de los hijos. Por tal razón, la mujer se ve avocada a lo que algunos autores hablan de la doble jornada laboral (una conformada por su rol de trabajadora, empleada y la otra, que responde a llevar a cabo las labores domésticas diariamente). Este factor conforma una realidad de desigualdad e inequidad en la participación social y familiar entre mujeres y hombres, colocando a la primera en un nivel de subvaloración y menor jerarquía. Al hacer referencia a la igualdad, se busca la ausencia de toda discriminación entre los seres humanos en cuanto a sus derechos. La igualdad promueve la reivindicación de los derechos civiles de las mujeres y de los hombres en su calidad de sujetos políticos. Sin embargo, hay que tener presente que con los derechos de igualdad para las mujeres no se pretende que ellas se igualen a los hombres, sino que las mujeres busquen su identidad puesto que ésta estuvo cimentada en la base histórica de la cultura patriarcal, por lo cual se corre con el riesgo que bajo el discurso de la igualdad, se caiga en una igualdad radical, en la cual las mujeres asimilan el modelo masculino que ha sido el que históricamente hace referencia a lo “humano”. No se puede pensar que un cuerpo de mujer es un cuerpo de hombre, sus historias no son iguales, sus memorias tampoco, sus imaginarios. Es importante reconocer que ”nacer hombres” o “nacer mujeres” nos inscribe de manera diferencial dentro de la cualquier cultura.

De esta manera, la igualdad de género supone, por tanto, que los diferentes comportamientos, aspiraciones y necesidades de las mujeres y los hombres se consideren, valoren y promuevan de igual manera. Significa que sus derechos, responsabilidades y oportunidades no dependan de sí han nacido hombres o mujeres. La igualdad de género implica la idea de que todos los seres humanos, hombres y mujeres, son libres para desarrollar sus capacidades personales y para tomar decisiones. El medio para lograr la igualdad es la equidad de género, entendida como la justicia en el tratamiento a mujeres y hombres de acuerdo a sus respectivas necesidades. La equidad de género implica la posibilidad de tratamientos diferenciales para corregir desigualdades de partida; medidas no necesariamente iguales, pero conducentes a la igualdad en términos de derechos, beneficios, obligaciones y oportunidades.[4]

Estas consideraciones ponen de presente el respeto como valor fundamental en las relaciones sociales y particularmente en las relaciones familiares. Es así como el respeto se vuelve una cualidad fundamental dentro de las relaciones familiares, ya que hace posible que los roles de los integrantes de las familias se flexibilicen y las decisiones sean tomadas de manera conjunta y más democrática. La relación familiar es entendida entonces como una relación que debe estar basada en el afecto mutuo, en el mutuo respeto y los intereses compartidos, respetando la individualidad de las dos personas, dejando que ellas tengan su propio espacio. La familia permanece unida por el amor y la búsqueda de la autorrealización[5]. Esto implica entre otros efectos, una revisión cuidadosa de los roles que se han asignado culturalmente tanto a hombres como a mujeres y su impacto en el espacio familiar. Siendo el cuidado de los demás un rol que se le ha asignado socialmente a la mujer  y considerado un elemento central  para el desarrollo familiar, merece la pena pensar cómo hombres y mujeres pueden participar de este proceso, y así poder ir generando posibilidades de cambio y transformación  de los roles que han sido establecidos tradicionalmente tanto a las mujeres y a los hombres en la mayoría de las sociedades.

Los hombres por ejemplo, al asumir cuidados no sólo de sus hijos sino también de su compañera adquieren características del mundo femenino, puesto que expresa muy abiertamente cualidades como la sensibilidad y el afecto, y es capaz de desarrollar una empatía única, constituyendo así un apoyo primordial para la familia y una colaboración mutua dentro de ésta. Las mujeres también por su parte al introducirse al mundo del trabajo, del espacio público, son también una fuente de apoyo económico, librando cargas y promoviendo dentro de la familia posiciones mucho más equitativas. Se considera que el apoyo mutuo hace que los padres adquieran espacios propios y que se estabilicen las labores, trasmitiendo esas actitudes y comportamientos a nuevas generaciones. Es por ello que el desarrollo familiar promueve una visión alternativa de familia y de desarrollo a través de la promoción de un cambio social desde y con las familias. No se puede pensar la familia como un espacio libre de conflictos, puesto que persisten en su interior sin embargo, estos se pueden superar buscando formas por medio de las cuales haya funciones más democráticas e igualitarias para su resolución.

De esta forma, se plantea el desarrollo familiar como una opción de intervención para el cambio social, potenciando el desarrollo interno de la familia en términos de la promoción de estructuras y comportamientos que generen relaciones más igualitarias, maximizado sus capacidades facilitando así el desarrollo humano integral de cada uno de sus miembros y por lo tanto potenciar su capacidad para generar cambios en la sociedad en general. El desarrollo familiar que se plantea no significa el paso exitoso de una familia a través de los diversos estadios de su ciclo de vida ni el sólo cumplimiento de sus tareas de desarrollo, sino que incluye explícitamente el potencial familiar para lograr cambios y trascender modelos y patrones culturales tradicionales. Se centra en los procesos de desarrollo humano integral, en la solidaridad, el apoyo mutuo y el compromiso de todos y cada uno de los miembros de familia, en el hacer de los procesos y dinámica interna propios de la crianza, el cuidado, la atención, las responsabilidades y tareas domésticas correspondientes[6].


[1] Hernández Córdoba, Ángela. Familia, ciclo vital y psicoterapia sistémica breve. Ed El Buho. 2005

[2] Gutiérrez de Pineda, Virginia. “Familia Ayer y Hoy”. En Patricia Tovar Rojas (Ed.), Familia, Género y Antropología. Desafíos y Trasformaciones. Bogotá, Colombia. Instituto de Antropología e Historia. 2003. Pp. 274-298.

[3] El trabajo reproductivo o doméstico. Isabel Larrañaga a,b / Begoña Arregui b / Jesús Arpal. Unidad de Epidemiología. Subdirección de Salud Pública. Departamento de Sanidad. Gobierno Vasco.  San Sebastián. Guipúzcoa. España. Departamento de Sociología II. Universidad del País Vasco (UPV-EHU). España.

[5] Giddens, Anthony. “El amor romántico y otras formas de afectividad”. En La trasformación de la intimidad: Sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas. Madrid. Ediciones Cátedra S.A., 1995.  Pp. 43-65.

[6] Suárez Restrepo, N; Restrepo Ramírez D. Teoría y Práctica del desarrollo familiar en Colombia. Universidad de Caldas, 2005. En http://www.umanizales.edu.co/revistacinde/vol3/DaliayNelly.pdf

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