Actitudes Sexistas

Fuente Internet

Por: Universidad Pontificia Bolivariana- Bucaramanga, Instituto de Familia y Vida, Grupo de Investigación de Psicología Clínica y de la Salud y Departamento de Santander.

En: Diseño e Implementación de una estrategia de capacitación, comunicación y formación en distribución equitativa de roles de género al interior de la familia

Al hacer referencia a hombres y a mujeres no sólo hacemos distinciones a nivel biológico sino también a nivel cultural. Las teorizaciones feministas, han ayudado a proponer una clara diferencia entre lo que nosotros conocemos por sexo y lo que hace referencia al género. Estos dos términos han sido sometidos a un continuo exámen y una reformulación constante según la época y el lugar.  El sexo es un concepto que está basado en las diferencias anatómicas, físicas y fisiológicas existentes entre hombres y mujeres. Sin embargo es importante señalar que  estudiosos del teman han discutido que el concepto de sexo también puede ser parte de una construcción social.

Por su parte el concepto de género, ha sido pensado como una categoría de análisis y hace referencia a lo que se ha construido socioculturalmente como “lo femenino” y “lo masculino”,  es decir que cuando se menciona éste concepto se lo vincula a un sistema de relaciones sociales, las cuales han establecido normas, formas de comportamientos, características, atributos y actitudes sociales y psicológicas tanto para hombres como para mujeres. No se puede pensar que el género y las relaciones de género, han sido siempre las mismas. Estas han variado históricamente, y de una sociedad a otra y dependen de lo que en cada una de ellas se conciba como la autoridad, poder o prestigio, y esto se puede ver reflejado en lo que cada comunidad social entienda por clase social, edad, etnia, nacionalidad, entre otros. Se puede considerar que el género es uno de los ejes fundamentales a través de cuales se constituye una sociedad en particular y través de la cual ésta organizada la vida social y la diferenciación cultural y social, en la cual unos individuos poseen más acceso que otros[1].

El género también está entendido como una categoría de análisis que está orientada a examinar las relaciones de poder existentes entre los hombres y las mujeres, que han sido construidas social y culturalmente a lo largo de la historia. Simone de Beauvoir (1949), como una de las pioneras de los estudios feministas, señalaba que “nosotros no hemos nacido como mujeres (o como hombres), sino que hemos sido concebidas como mujeres en una sociedad caracterizada por relaciones patriarcales de poder”. Es así como la investigación en los estudios de género trabaja bajo un punto de vista crítico frente a éstos rígidos patrones, en los cuales las concepciones de mujer u hombre están vistas dentro de los determinismos biológicos.

En la gran mayoría de las estructuras sociales, se encuentra que la masculinidad, referida, o a personas concretas del sexo masculino o a símbolos que tienen una connotación masculina, tiene mucho más valor que aquellos femeninos o aquellos que están representando a las mujeres. Esto da cuenta de la existencia de relaciones asimétricas de poder entre hombres y mujeres, que tienen un impacto que trasciende lo individual y se configura en un fenómeno que atraviesa escenarios como la familia, la política, la economía entre otros. Es por esta razón que los estudios de género son pensados a sí mismos como trasversales,  con el propósito de hacer visible diversas problemáticas alrededor del género que están incluidas dentro de las complejidades de las diferentes estructuras socio-culturales.[2]

Al ser el género un aspecto a través del cual se organiza una sociedad en específico, esto determina a la misma vez cómo las personas deben actuar, sentir y pensar. Al interior de la familia, cada uno de los miembros asume un rol que ha sido adquirido socioculturalmente, y si se mira con detenimiento, existe una clara diferenciación entre el rol que es asumido por las mujeres como el que asumen los hombres. Por esa razón muchas veces la familia es considerada como espacio donde no sólo se concibe la solidaridad y el apoyo mutuo sino también es un lugar donde se establecen una serie de opresiones entre los miembros que la conforman[3].

La distinción que se hace entre el sexo y el género, en consecuencia ha sido extraordinaria para resaltar los roles, atributos y comportamientos entre los hombres y las mujeres. Asimismo, ésta es variable, en la medida en que depende de los factores culturales específicos de la comunidad social en referencia. No se puede pensar que esas características son propias e innatas a cada sujeto, sino que han sido adquiridas a través de la articulación de las maneras en la cual se representan las diferencias existentes entre los dos sexos y se asignan esas diferencias a una organización social en particular. Hay que tener presente que la historia no se ha construido socialmente de forma igualitaria, estableciendo dicotomías que hacen referencias al mundo masculino y al mundo femenino como naturaleza, cultura; reproducción y producción, privado y público, lo social y lo político, familia y trabajo, las cuales se ha derivado de las construcciones que parten desde un punto de vista androcéntrico y desde la racionalidad masculina.

La cultura entonces se ha encargado y ha adscrito a los hombres y a las mujeres ciertas destrezas y aptitudes por ejemplo referidas al mundo de la familia, trabajo, sociedad, y como muestra de eso establece al género masculino y al género femenino a diferentes cualidades, características, labores, que se relacionan estrechamente y con lo que se consideran innatas a cada sexo, conformando discursos que se construyen desde el punto de vista de la cultura dominante. De cierta forma el pensar que sólo las mujeres y los hombres pueden acceder a ciertas labores al interior del hogar, favorece las tener actitudes sexistas puesto que se asume que existe una manera única a través de la cual hombres y mujeres se deben comportar, y que no hay cabida a otra manera más humana a través de la cual se construya una sociedad más equitativa.

Se debe también tener en cuenta que el modo como se ha organizado la mayoría de las sociedades ha sido bajo la mirada de lo masculino, esto se ve reflejado a nivel político, económico, social, científico, académico, campos que han surgido de la  experiencia social masculina. En ese sentido se concibe lo masculino como lo que hace parte de la generalidad, y como consecuencia que lo masculino sea pensado como una norma o como una ley.  Lo femenino pertenece al espacio de la invisibilidad, no se tiene en cuenta su experiencia social y por ende se institucionalizan estereotipos o modos de pensar que se basan más en aspectos biológicos. Se llega entonces al punto donde: “las mujeres están hechas para una cosa y los hombres para otra”. En esa medida se concibe la parte biológica y la parte cultural como una regla y no pueden tenerse en cuenta las múltiples variables y diferenciaciones, por lo cual se hace una distribución estereotipada de las funciones que se les atribuyen a hombres y a mujeres dependiendo de las aptitudes y capacidades de cada uno/a para poder desenvolver una actividad o una tarea en particular.

Consecuentemente, como la sociedad se ha constituido bajo la mirada de lo masculino, que deriva de la posición de poder y autoridad que el hombre ha asumido, las labores o los espacios femeninos quedan relegados y son pensados como inferiores. Se hace necesario, identificar y analizar las actitudes sexistas al interior de la familia desde una perspectiva de género, con el propósito de identificar ideas, creencias que puedan ser transformadas en este mismo espacio  y favorezcan la construcción de una sociedad en la que exista mayor respeto y equidad. Inicialmente, es preciso hacer la consideración acerca de lo que es la actitud. Esta se entiende como una predisposición a responder a alguna clase de estímulo con cierta clase de respuesta, sea afectiva, cognitiva, o conductual (Rosenberg y Hovland, 1960). De esta forma  la actitud tiene tres componentes: El componente afectivo, conformado por los sentimientos o emociones que provoca el objeto de actitud y que pueden ser positivos o negativos, de agrado o desagrado. El prejuicio, en tanto que afecto o evaluación negativa hacia los miembros de grupos socialmente definidos, formaría parte de este componente afectivo. En segundo lugar, el componente cognitivo de la actitud incluiría el modo como se percibe al objeto de actitud y los pensamientos, ideas y creencias sobre él, que pueden ser favorables o desfavorables. El estereotipo, como conjunto de creencias sobre los atributos o características asignados al grupo, formaría parte de este componente cognitivo. Y el componente conductual sería la tendencia o predisposición a actuar de determinada manera en relación al objeto de actitud. La discriminación, en tanto que conducta de falta de igualdad, sea de apoyo u hostil, en el trato otorgado a las personas en virtud de su pertenencia al grupo o categoría en cuestión, conformaría el componente conductual de la actitud.[4]

Por sexismo se entiende una actitud hacia una persona o personas en virtud de su sexo biológico, que en la sociedad patriarcal, como ya se describió, prima la valoración del hombre y la subvaloración de la mujer, marcando así relaciones asimétricas y de poder que generan barreras en la posibilidad de avance en las relaciones hombres – mujeres. En las actuales consideraciones del sexismo, denominado moderno, se reconoce que hay una particular y especial singularidad en la relación que se establece entre los sexos: se reconoce que las actitudes hacia los sexos o entre los sexos son el resultado de unas “fuerzas” de independencia y autonomía en lo social y unas “fuerzas” de dependencia y de heteronomía en la relación, en lo privado. A esta condición se le denomina sexismo ambivalente,  que se estructura a través de la presencia de dos elementos con cargas afectivas opuestas: positivas y negativas, dando lugar a dos tipos de sexismos: el sexismo hostil y el sexismo benévolo[5].

El sexismo hostil es el elemento que caracteriza a las mujeres como un grupo subordinado y legitima el control social que ejercen los hombres mediante actitudes tradicionales y prejuiciosas articuladas en torno a las siguientes ideas:

• Un paternalismo dominador, entendiendo que las mujeres son más débiles e inferiores a los hombres, lo que legitima la figura dominante masculina.

• La diferenciación de género competitiva, o sea, considerar que las mujeres son diferentes a los varones y que no poseen las características necesarias para triunfar en el ámbito público, por lo que deben permanecer en el ámbito privado (para el que sí están preparadas).

• La hostilidad heterosexual, es decir, considerar que las mujeres tienen un “poder sexual” que las hace peligrosas y manipuladoras para los hombres.

El sexismo benévolo es mucho más sutil, y se define como el conjunto de actitudes interrelacionadas hacia las mujeres, que son sexistas en cuanto que las consideran de forma estereotipada y limitadas a ciertos roles, aunque pueden tener un tono afectivo, así como suscitar comportamientos típicamente categorizados como pro-sociales o de búsqueda de intimidad. Los componentes básicos del sexismo benévolo son:

  • Un paternalismo protector

• La diferenciación de género complementaria, es decir, considerar que las mujeres tienen por naturaleza muchas características positivas que complementan características que tienen los varones.

• La intimidad heterosexual, o sea, considerar la dependencia de los hombres respecto a las mujeres (dependen de ellas para criar a sus hijos/as, así como para satisfacer sus necesidades sexuales y reproductivas).

Este tipo de sexismo es peligroso en tanto que es sutil, pues si bien los sexistas hostiles son fácilmente identificables, los benévolos no lo son tanto, y nunca se reconocerán a sí mismos como sexistas, por lo que se podría estar legitimando el sexismo.

La dimensión más hostil del sexismo benévolo, comparte con el sexismo tradicional su tono afectivo negativo. Por su parte la dimensión más benevolente, que despliega un tono afectivo positivo, en donde  se transmite la visión de las mujeres como débiles criaturas que han de ser protegidas y al mismo tiempo colocadas en un pedestal en el que se adoran sus roles naturales de madre y esposa, de los que no debe extralimitarse. Sigue siendo sexismo, a pesar de los sentimientos positivos que pueda tener el perceptor, porque descansa en la dominación tradicional del varón y tiene aspectos comunes con el sexismo hostil: las mujeres están mejor en ciertos roles y espacios y son más débiles.

El sexismo hostil y el benévolo son una potente combinación que promueve la subordinación de las mujeres, actuando como un sistema articulado de recompensas y de castigos para que las mujeres sepan “cuál es su sitio”. La hostilidad sola crearía resentimiento y rebelión por parte de las mujeres. Es obvio que los hombres no desean ganarse la antipatía de las mujeres, dado que dependen de ellas (especialmente de su función reproductora).

El sexismo benévolo debilita la resistencia de las mujeres ante el patriarcado, ofreciéndoles las recompensas de protección, idealización y afecto para aquellas mujeres que acepten sus roles tradicionales y satisfagan las necesidades de los hombres.  Los dos tipos de sexismo hunden sus raíces en las condiciones biológicas y sociales comunes a todos los grupos humanos donde, por una parte, los hombres poseen el control estructural de las instituciones económicas, legales y políticas pero, por otra parte, la reproducción sexual proporciona a las mujeres un poder  (esto es, el poder que procede de la dependencia en las relaciones entre dos personas), en cuanto que los hombres dependen de las mujeres para criar a sus hijos y, generalmente, para la satisfacción de sus necesidades afectivo-sexuales.

El poder de la mujer se refleja en casi todas las sociedades en ciertas formas de ideología: actitudes protectoras hacia las mujeres, reverencia por su rol como esposas y madres y una idealización de las mujeres como objetos amorosos. La dominación de los hombres favorece el sexismo hostil, dado que los grupos dominantes inevitablemente promueven estereotipos sobre su propia superioridad. Pero la dependencia de los hombres favorece el sexismo benevolente: esta dependencia les lleva a reconocer que las mujeres son un recurso valioso que hay que proteger y que hay que ofrecer afecto a aquellas mujeres que satisfacen sus necesidades[6].

Es pertinente entonces señalar que la diferencia entre los dos sexos parte de un sistema de oposición binaria. La idea a través de la cual se naturalizan las diferencias y las desigualdades presentes dentro de las estructuras sociales hace que nazcan los sexismos. El sexismo es entonces una representación efectiva de la acción social, política y cultural, y que como se mencionaba con anterioridad pertenecen al espacio subalterno por puramente condicionamientos biológicos[7]. Asimismo, las personas que son consideradas como inferiores no son vistos y percibidos en su una individualidad sino como parte de una entidad colectiva. El individuo en particular, cuando se presenta no es otra cosa que la encarnación de la esencia del grupo del cual hace parte. Se hace necesario también comprender que la naturalización de las desigualdades sociales, son también procesos también de las sociedades del mundo contemporáneo en las cuales, existen múltiples intentos de poder superar a las contradicciones que sobresalen con los procesos democráticos, sin embargo los criterios de inclusión no son universales.

El sexismo acude a la naturaleza con el fin de justificar y reproducir las relaciones de poder fundadas en las diferencias fisiológicas. El sexismo entonces se asociar las realidades corporales a la realidad social, y por ende ancla su significación en el cuerpo, que es un espacio que se le atribuye y se inscriben aspectos simbólicos y sociales de cada una de las culturas. Otros elementos a través de los cuales las actitudes sexistas se hacen evidentes son el manejo del cuerpo y el uso del lenguaje. El cuerpo es un buen escenario por medio del cual se pueden dar a conocer los signos y símbolos culturales a los cuales se inscriben cada cultura ya que el cuerpo también ha sido construido socialmente y tiene muchos significados.

Desde el siglo XIX, se ha tenido dentro de muchas estructuras socioculturales, como uno de sus objetivos principales tratar de educar al cuerpo, conducirlo, tratar de cultivarlo, para así ser susceptible a trasformaciones que den cuenta que está tanto al servicio individual como social, puesto que, anteriormente era considerado como una bestia indomable que concentraba múltiples impulsos, y que, la única manera de control sobre él era a través de conseguir y ejercitar una mente virtuosa. Para ello era necesario conocerlo y actuar sobre la naturaleza que posee, y únicamente por medio del adiestramiento, éste podía reconciliarse con su alma.[8] Gracias a los discursos por medio de los cuales se quería educar al cuerpo, la percepción social del éste empieza a estar basada en la creación de un tipo de figuras, a partir de las cuales se imponen ciertos modelos de conducta que son ideados para una mejor convivencia, sin tener en cuenta los intereses personales, ya que lo que hacen es incitar a que uno desee esos modelos de conducta.

Simone de Beavoir (1949), en su libro “El segundo sexo” por ejemplo,  denuncia como el cuerpo de la mujer ha sido manipulado por los sistemas de poder para que la atención de éste se centre en visualizarlo como un objeto erótico- ideal. El cuerpo femenino es aquel que se forma para los demás, debe ser bello, y al mismo tiempo debe ser fértil, uniendo a la mujer de esa forma con su función de madre. En esa medida se reivindica la elaboración por parte de las mujeres de un nuevo lenguaje corporal, para dejar atrás las percepciones tradicionales del cuerpo femenino, como objeto de represión, intervención, escándalo, explotación y mito de impureza.[9] Por su parte el cuerpo masculino ha sido construido socialmente para ser el proveedor, para ser aquel que mantenga la estabilidad económica a la familia. También ha sido un cuerpo que pude permanecer en los espacios públicos, y que puede desempeñar actividades tan propias de la tradición masculina como la política. Es un cuerpo donde subyace la racionalidad, que no debe ser dominado por impulsos puesto que éste no se acerca a las formas naturales como aquel femenino.

El cuerpo es objeto de disciplina, es un espacio que permite la coexistencia de autoridades que a la vez se vuelven entre sí rivales, por lo cual es un lugar privilegiado donde existe la convivencia del conflicto. Éste puede ser intervenido y moldeado para ciertos fines gracias a procesos disciplinarios que sobre él se hacen efectivos, como los educativos, carcelarios, familiares o médicos[10]. Al ser el cuerpo un ejemplo donde se inscriben las conductas que se deben seguir tanto para hombres como para mujeres, hay que tomar distancia de estas posturas que han construido socioculturalmente, puesto que se reduce el cuerpo de hombres como de mujeres a cuestiones puramente biológicas y de ahí se defines las actitudes propias de cada sexo.  Se asume entonces el cuerpo como un objeto sexual, y particularmente el femenino como anzuelo o gancho de atracción y llamado de atención social.

Es aquí donde aparece la denominada publicidad sexista, es decir, aquella que difunde un mensaje o una imagen que degrada a la persona por razón de su sexo y que presenta estereotipos que refuerzan los roles tradicionales que tienen como resultado la disminución o subordinación de un sexo frente al otro. Generalmente presenta contenidos discriminatorios hacia las mujeres cuando los estereotipos utilizados refuerzan una división desigual de roles sociales, expresan una diferente valoración de mujeres y hombres en las que aquellas presentan una posición subordinada con respecto a estos o se denigra la figura de la mujer.

Los medios de comunicación y la publicidad pueden cooperar a hacer visible la supresión de la discriminación, de la mujer en particular, desempeñando una función ideológicamente constructiva del nuevo rol femenino, canalizando de forma adecuada los mensajes, con el fin de emitir una visión real y erradicar estereotipos sexistas que no se corresponden con la sociedad actual. Pero la realidad es que la imágen de las mujeres, tanto en prensa como en radio y televisión, todavía está relacionada, la mayoría de las veces, con su tradicional condición de ama de casa y, sobre todo, con el uso de su cuerpo como idealización de la belleza y expresión de la sexualidad. Por esta razón es importante fomentar la sensibilización y concienciación social de las/los ciudadanas/os contra los contenidos y campañas sexistas, así como la de las y los profesionales de la comunicación a fin de que realicen su trabajo desde una perspectiva de género, eliminando los arquetipos clásicos de hombres y mujeres y desarrollando nuevos usos a la hora de abordar informaciones y elaborar mensajes publicitarios[11].

Finalmente y en complemento de lo expuesto, se encuentra que el lenguaje es la forma clásica de asumir actitudes sexistas frente a hombres y a mujeres. Por medio tanto del lenguaje verbal como el no verbal podemos darnos cuenta de cómo una sociedad está organizada. Las palabras son un reflejo de lo que para cada sociedad es importante y lo que no, y también darnos cuenta cuál es la forma por medio de la cual se denominan objetos, acciones, actitudes, comportamientos, etc, que generalmente reflejan actitudes de exclusión, de invisibilización y de agresión.  El lenguaje, además de conformar nuestra manera de ver el mundo, es el vehículo a través del que interpretamos la realidad. Pero el lenguaje también indica cuál es el mundo que debemos ver y en el que debemos vivir. Como este lenguaje que nos ayuda a interactuar y a relacionarnos con otras personas se da en sociedad, no es ajeno a esta sociedad que lo produce, regula y transmite, y por tanto está influido por las características que la conforman.

Esta sociedad donde las mujeres siguen estando discriminadas está formada por valores, creencias y estereotipos que emanan de una visión androcéntrica del mundo, es decir, una mirada proyectada por los ojos de una mitad de la humanidad, los varones, que son quienes ostentan el poder de decir y nombrar, y por tanto tienen el poder al disponer de la palabra[12]. De esta manera se incurre en un lenguaje sexista cuando la persona que habla emite mensajes  que debido a su forma, es decir, a las palabras escogidas o al modo de estructurarlas, o a su fondo, resulta discriminatorio por razón de su sexo. La lengua contribuye a elaborar imágenes negativas de las mujeres. Las excluye, dificulta su identificación o las asocia a valoraciones peyorativas. Su uso es indiscriminado y parcial e impone barreras arbitrarias e injustas al desarrollo personal y colectivo.   A través de la lengua se refuerza su posición de discriminación a través de estereotipos y clichés formados por la tradición cultural y no tienen ninguna base científica[13].

Por estas consideraciones, el lenguaje a utilizar ha de ser incluyente, no alimentar con él  discriminaciones y modos absolutos de ser y de lo que debe ser, con una mirada más amplia donde se tengan en cuenta las múltiples diferencias y desigualdades de cada uno de los integrantes  la sociedad.  Es ahí donde se hace evidente que la relación existente entre el cuerpo, el poder, lenguaje y sus múltiples significados, no puede ser entendida de una manera neutral puesto que la manera como vienen manipulados los cuerpos por las formas de dominación. El patriarcado ha hecho que el cuerpo masculino sea pensado para ciertos fines y el de la mujer para otros. Lo mismo sucede al interior de la familia donde socioculturalmente se asignan roles, sin embargo, si se  cuestionan los papeles asignados, y no se circunscribe lo masculino y lo femenino, a sus particularidades biológicas, será un buen comienzo  y paso importante frente a las actitudes sexistas que han gobernado las relaciones entre hombres  y mujeres a lo largo de la historia.


[1] Garcia Calvente, Maria del Mar, Jiménez Rodrigo, Maria Luisa, y Martínez Morante, Emilia. Guía para incorporar la perspectiva de género a la investigación de la salud. Escuela Andaluza de Salud Pública. Consejería de Salud. Serie monográfica EASP No. 48.

[2] Buikema, Rosemarie, Van der tuin, Iris. Introduction. En: Doing Gender in Media, Art and Culture. Londres  y Nueva York. Routledge. Taylor & Francis Group. 2009. Pp: 1-4.

[3] Suárez Restrepo, Nelly del Carmen, y Restrepo Ramirez, Dalia. “Teoría y práctica del desarrollo familiar en Colombia”. 2005.

[5] Glick, P., y Fiske, ST (1996). El Inventario de sexismo ambivalente: Diferenciación de sexismo hostil y benevolente., 1996; 2000; 2001

[7] Ídem.

[8] Pedraza Gómez, Zandra. En cuerpo y alma. Visiones del progreso y de la felicidad. Bogotá. Departamento de Antropología, Universidad de Los Andes, CORCAS Ediciones LTDA. 1999. Pág: 399.  

[9] Barreiro Martínez, Ana.. “La construcción social del cuerpo en las sociedades contemporáneas”. En: Papers 73. 2004 Pp: 127-152. Disponible: http://ddd.uab.es/pub/papers/02102862n73p127.pdf

[10] Foucault, Michael. 1966. El nacimiento de la clínica: una arqueología de la mirada médica. Traducción de Francisca Perujo.México. Siglo XXI Editores S.A.  Pág: 293.

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